El árbol del muerto
Chiquillo, tú andas triste porque se te han reído los compañeros de clase. Y lo entiendo. Pero tienes que pensar que el que no se asusta nunca es idiota, no valiente, y que cualquiera puede confundir al trapero con el hombre del saco. Y para que me creas, te voy a contar una historia que pocos conocen, y que pocos creen, porque ¿quién se hubiera imaginado que algo pudiera asustar al Niño del Arahal?
Sí, tú me dirás que no puede ser, que ése era muy hombre aunque le llamaran niño, pero vas a escuchar a tu abuela, y vas a entender por qué un tipo tan gallardo se echó a correr, como alma que lleva el diablo, asustado por un simple comerciante.
Aquello ocurrió mucho antes de lo de Crucetillas, antes de que se juntara con el Pernales y pusieran patas arriba toda Andalucía. Fue la primera vez que vino a la Sierra de Segura, y en aquellos tiempos se juntaba con un tal Diego Ardid. Mucho llovería hasta que volviera a estas tierras buscando refugio y se hiciera matar debajo de un nogal –aquel árbol le debía traer mala suerte-, pero ya por aquel entonces, y aunque no debía tener más de diecisiete años, su nombre era bien conocido por la zona.
Al otro no se le vio mucho tiempo por aquí. Era aragonés, y el bando se lo habían echado por su tierra, en los Monegros. Algún lío con los carlistas, decían, le había hecho poner millas de por medio. Era tan bala como su socio, y decían que Dios había llamado Ardid a los suyos para que los buenos cristianos estuviéramos en guardia, porque de su boca no salían palabras que no llevaran al menos dos sentidos. Algo de eso debía haber, porque a Dios le gustan estas cosas. ¿Por qué, sino, hubiera llamado Segura a esta sierra que ha sido casa de bandidos desde que vinieron los moros?
El caso es que, entre el uno y el otro, sus correrías no tenían fin, y no había taberna ni posada en toda la comarca que no hiciera eco de todas sus fechorías. Todo parroquiano tenía en boca sus nombres, y cuanto más vino bebían, más se les soltaban las lenguas. Y cuanto más sueltas, más vino, para aclararse la voz, y aquello era un sin parar de jarras e historias que sólo se interrumpía cuando los susodichos, el Ardid o el mismo Niño del Arahal, asomaban por la puerta.
Sí, chiquillo, ¿qué te pensabas?: los bandidos también iban a la taberna. ¿De qué vale ir robando por los caminos si luego no te lo puedes gastar en la parroquia?
Así, todos se conocían, más o menos, o fingían hacerlo, y por ello no es de extrañar que cuando aquel comerciante, Suárez le decían, dijo que apuraría la jornada para llegar hasta Cazorla, todos menearan la cabeza. “Te quedarás a mitad camino” le dijeron, “y la sierra no es acogedora de noche”. Pero aquel hombre se sentía muy valiente con el vino y, por qué no decirlo, algo desconfiado con las gentes de la taberna, y se dijo “mi paso es largo, y mejor ponerme en ruta que entretenerme aquí con estos jugadores. Llegaré antes a casa, y con la bolsa más llena.”
Al principio, el tal Suárez debió pensar que había hecho muy bien. Llevaba el paso alegre y avanzaba sin problemas bajo la sombra de los nogales. Pero, poco a poco, la tarde fue volviéndose noche, y el bosque no tenía visos de acabarse. Y, con la oscuridad y el cansancio, llegaron los ruidos extraños y los malos pensamientos.
“¿Y si me topo con el Niño del Arahal? ¿O con ese Diego Ardid? Peor, ¿y si me encuentro a los dos? Ay, ¡quién me mandaría meterme a mi en semejante berenjenal!”
Seguramente por llevar esos remordimientos en la cabeza, esa imagen tan clara de los bandoleros con sus trabucos preparados, agazapados en cualquier rincón del sendero, no tuvo ningún reparo en subirse a un árbol en cuanto oyó unas voces en la espesura. Más vale prevenir que curar, debió pensar, que es menos vergüenza que te pillen subido a un árbol que llegar con las manos vacías a casa después de una semana de mercado.
Así, escondido entre las densas hojas del nogal –que ya digo yo que debía traer mala suerte al de Arahal- vio cómo se acercaban dos sujetos de mala catadura. Iban gruñendo y jurando, y por las voces se veía que habían estado empinando el codo.
El primero, que no era otro que Diego Ardid, iba diciendo: “te digo que está en ese nogal. ¿No le ves las alpargatas?”
Y el otro, que era el Niño del Arahal en persona, le contestaba: “Si tú lo dices, será verdad, pero yo no pienso subirme al árbol, que cae la noche y casi no se ve. Mejor lo descolgamos de un trabucazo y que caiga como una manzana madura.”
Suárez, el comerciante, se había quedado blanco oyendo aquello. No sólo le habían visto –o eso creía- sino que iban a dispararle sin más miramientos. ¡Si hubiera sabido! Pero le pasó como a ti con el trapero: que no te paraste a pensar, ni a mirar con más calma, y te dejaste llevar por el miedo.
Pues bien, si hubiera echado una ojeada a ese mismo árbol en el que estaba, hubiera visto de quién hablaban realmente los bandidos: un cadáver estaba escondido en el ramaje a pocos metros de donde se encontraba. Era un antiguo compinche de Ardid, de cuerpo presente, que había osado traicionarle. Habían tenido un cruce de navajas y, una vez solventado, habían decidido esconder el cuerpo ahí hasta asegurarse una salida de la zona. Los mangas verdes andaban con la mosca detrás de la oreja y era mejor andarse con ojo. Ahora, en el crepúsculo, ya más tranquilos, habían decidido recuperar el botín.
Lo que no sabían los bandoleros era que un comerciante se escondía en el mismo árbol, ni que éste no había visto el cuerpo. Así, cuando oyeron una voz temblorosa y áspera que decía: “No disparéis, que ya bajo yo solo”, se pegaron el mayor susto de sus vidas. Y rayos si corrieron, con todo lo machos que eran. ¡Cómo alma que lleva el diablo! Si tú creyeras que un compinche al que has dado matarile te dice que baja él mismo de un árbol, ¡tampoco te quedarías a ver qué te cuenta!
Así que ya lo sabes, chiquillo, hasta los más valientes encuentran un momento para la escapada, y es muy fácil reírse de ello cuando se ve todo desde fuera.
JUAN ÁNGEL LAGUNA EDROSO
MI ABUELA “LA SOLTERA”
Estoy viejo pero sano y muy cuerdo, he vivido muchos años... y hoy en mi casa del pueblo llena de comodidades y de mucha soledad, pienso en aquellos días del siglo pasado, cuando la gente vivía con la alegría natural, aquella que el ser humano manifiesta al despertar un nuevo día y ver el sol, los pájaros, los árboles, los seres queridos... y esta sierra maravillosa.
El sol caía sin piedad, los hombres se refrescaban con el pipo que estaba colgado de una gran alcayata clavada en el tronco de un nogal cuya sombra casi cubría toda la explanada.
En la torre de la iglesia sonaba la hora del ángelus y los hombres paraban su faena, se descubrían sus cabezas y bajaban sus miradas, algunas mujeres que se encontraban cerca de la era también se recogían durante unos momentos, se santiguaban y rezaban la oración que se oía en un susurro de labios de Dº Ambrosio, el maestro de escuela que apoyado junto a un trillo que no se usaba desde hacía mucho tiempo pasaba las mañanas de estío en la era esperando la hora del almuerzo.
Hoy es un día cualquiera yo espero mi turno para montarme con mi padre y dar vueltas a la era, el resto de los chiquillos saltan y brincan entre la paja que se acumula de aventar el trigo.
Mi madre junto con otras mujeres está en el río, lava la ropa frotando los trapos sobre una piedra con un trozo de jabón que ella misma hace, una de mis hermanas está entre las zarzas que hay en la orilla extendiendo la ropa que ya está lavada para que el sol termine de dar la blancura deseada.
Es mediodía y los hombres descansan después de comer el costo que sus mujeres les prepararon para ir al tajo, hace calor… yo y mis amigos nos bajamos hacia el río a darnos un chapuzón, buscamos el sitio donde hay una pequeña charca algo mas profunda para intentar nadar y hacernos ahogadillas, las mujeres han terminado sus faenas y con los cestos cargados de ropa suben la cuesta descansando de sombra en sombra y alternando los chismes de las vecinas que aun no han terminado de contarse.
Nosotros con los ojos bien abiertos desde donde estamos podemos ver las piernas de aquellas mujeres que atosigadas por el calor se remangan sus faldas; esto lo hacemos casi todas las tardes, metidos en el agua y con los brazos apoyados en la orilla sin pestañear, sin hacer ruido y sintiendo un gusto muy raro por dentro pero que ninguno es capaz de contar. Una vez que las mujeres desaparecen descargamos nuestro pequeño gozo en sumergirnos una y otra vez en el fondo del río; después de secarnos al sol nos vestimos de mala manera con la ropa que dejamos en la orilla, subimos prestos la cuesta y corremos hacia nuestras casas a devorar lo que haya para comer, mi abuela está junto al fogón, protesta por mi tardanza pero yo que la conozco me la gano dándole un sonado beso y halagando su puchero que huele muy bien…
Fuera de la casa por el huerto se oye el canto cansino de las chicharras, es la hora de la siesta y en el zaguán, la parte mas fresca del caserío mi madre y algunas vecinas se dedican a coser, bordar y hacer encajes para el ajuar, pues aquí en la sierra se piensa mucho en el casorio, mi hermana la mayor tiene trece años y ya tiene un baúl lleno de cosas para cuando se case y aun no tiene novio; nunca entiendo esta distracción de las mujeres, siempre ocupadas en cosas que según ellas son muy importantes.
Me encanta los tirachinas, busco entre las ramas de los árboles aquellas que tienen forma de “Y” los aliso con la navaja de mi abuelo paterno, Tomás, el fue quien me enseñó a hacerlos con buenas gomas y trozos de cuero y hasta tengo buena puntería, gracias a él mis amigos no tienen tanto tino como yo.
En esta hora de las chicharras y el calor, yo tomo mi herramienta con un puñado de piedras que tomé del río y desde el quicio de la puerta del patio ( donde mi abuela con mucha paciencia limpia de “gorgojos” de las lentejas que luego pondrá en remojo para el potaje de mañana), apunto hacia una diana de lata que está al otro lado del huerto y no fallo ningún tiro, estoy practicando para al caer la tarde irme al río con mis amigos y cazar ranas, ellos hacen un artilugio con la suela de una alpargata de goma atada a una caña, uno deslumbra a la rana y otro da un zarpazo al animal quedando aplastada, yo prefiero usar mi tirachinas... luego vendemos sus ancas al del bar de la plaza, ya las llevamos limpias y metidas en un alambre, el tabernero nos da algunas monedas y nos anima para que sigamos cazando las inofensivas ranitas.
Los hombres de mi pueblo cuando vuelven de las tareas del campo se reúnen en la plaza haciendo corrillos y comentando las peripecias del día, otros juegan a las cartas o al domino tomándose un vaso de vino que algunos le llaman “chato” acompañado de una “ligá” ( aperitivo para los mas finos).
Las mujeres dejan sus quehaceres domésticos al oír las campanas de la tarde que avisan el rezo del santo rosario, en mi pueblo hay muchas beatas, las mozas desde muy jóvenes siguen los pasos de sus madres; dejan pronto la escuela y pasan el tiempo yendo a la iglesia, ayudando a las tareas de la casa y haciendo primores para casarse, hay algunas que se quedan para vestir santos o se quedan “poyetona” que es lo mismo.
Los chicos de mi edad por la noche nos vamos a la fuente a contar chascarrillos y a hablar de nuestras cosas, entre nosotros está el hijo de Raimundo el manigero que siempre termina cantando por fandangos, da gloria oírlo y hasta Dº Antonino el cura que vive muy cerca viene a veces a escucharlo y se sienta en los poyetes del barranco del río de Beas (torrente bravío) y se apoya en los hierros para oír mejor el cante y el susurro del agua, que por la noche tiene mas misterio.
Mis amigos me animan a que yo cante, dicen que por mis venas corre sangre de artista pero a mi no hay quien me haga perder la vergüenza que mi madre me dio al nacer y la llevo conmigo desde siempre. Ya soy un mocito y nunca he sido capaz de echar un baile ni un cante ni me atrevo a pretender a ninguna muchacha aunque me gustan muchas y sobre todo “la carlota” alta como yo, morena, con unos ojos que son dos carbones y una mirada que me derrite cada vez que me mira (que son muy pocas veces ), cuando lo hace acumulo la sangre de todo mi cuerpo para llevarla a mi cara y ponerme como una amapola lo cual le hace a Carlota reírse a carcajadas.
En mi pueblo los domingos eran días iguales que el resto de la semana, mi padre salía al campo al amanecer y volvía al ponerse el sol, mi madre ese día después de hacer las mismas tareas de la casa, cambia un poco, por la mañana se pone el vestido del domingo para ir a la misa y se pinta los labios y por la tarde cuando viene mi padre lo anima a pasear por la plaza, el se viste de limpio y los dos se van cuesta arriba tan contentos del brazo, mi abuela se queda en la silla baja de enea en la puerta de la casa tomando el fresco y pasando las cuentas del rosario; los domingos es pecado coser, bordar y hacer primores.
Los jóvenes salimos a las afueras del pueblo y prolongamos los paseos por la nueva carretera, allí empezamos a fumar los primeros cigarrillos a escondidas de los nuestros y nos acercamos a las muchachas solicitando el permiso para acompañarlas, no siempre tenemos la suerte que acepten y nos permitan estar a su lado mientras caminamos.
Esos paseos los he hecho infinitas veces y nunca tuve la suerte de acompañar sólo alguna moza, recuerdo un día que mis amigos y yo pudimos acompañar a una chica era Juanita (la tomatona), era alegre y estaba tan contenta de que tantos muchachos la acompañaran por aquella carretera que nos propuso ir a la era, allí pasó lo que todos queríamos que pasara …por primera vez cada uno de nosotros pudimos estar revolcándonos y besándonos con aquella chica tan alegre y hasta nos permitió que todos le tocáramos las tetas.
Aquello para mí a mis dieciséis años fue mi primera experiencia, no supe como pude vencer mi cortedad y tocar con mucha vergüenza aquellos pechos blancos con dos cerezas tersas que me ofrecía y hasta me dejó posar mi lengua…solo fue eso, pero lo que yo sentí lo recordé durante mucho tiempo.
Algunos de mis colegas volvieron a repetir los revolcones en la era algunas veces mas, hasta que un día “la tomatona “ se fue a servir a la capital.
II
Con mi edad era justo que ayudara a mi madre en las faenas del campo y con los animales y así lo hice, mis dientes me habían salido entre el sudor del trabajo de mi padre en el campo y el sacrificio constante de cuidar el gran olivar de sierra de un “propietario y jurista” mi padre había muerto y si viviera, estaría orgulloso de mi trabajo y tesón por aprender de la sabiduría de mis mayores, entre ellos mi abuela materna, “la soltera”.
También yo presumía de ser el nieto de mi abuela (la aceitunera mas famosa por su cante su belleza y su trabajo de toda la comarca) muchos fueron los reproches por no cantar como ella.
En los años cuarenta me mandaron a talar pinos a la sierra de Siles fuimos una cuadrilla de muchachos con gana de hacer bien al pueblo y aprender un oficio nuevo, se estaban haciendo las vías del ferrocarril y se requería gente joven y que no tuvieran familia a su cargo y yo no lo dudé porque aquello nos acercaba a una vida mas moderna y de mejor bienestar.
Allí conocí a un terrateniente que había oído hablar de “la soltera”por lo que tuve una estancia mucho mas amena y acogedora que mis compañeros por ser nieto de una mujer tan conocida por aquella contornos.
Dº Félix era dueño de la finca “las Anchuricas” de donde sacábamos la madera para las vías, todo un caballero de mucho estudio y conocimiento. Fue la primera persona que vio en mí alguna buena cualidad para el cante, después de la faena muchos días me hacía acompañarle en su coche de caballos hasta el cortijo donde un guitarrista y un cantaor le amenizaban las tertulias a el y a su familia (como había hecho mi abuela y su padre en su juventud) yo con mi aire de destartalado y vergonzoso asistía con un agrado especial que yo no lo entendía pero que en el fondo me gustaba.
Poco a poco fui perdiendo la cortedad que había vivido siempre conmigo y la fui depositando en algún rincón de aquella casa, sin saber como al pasar unos años me vi convertido en un empleado de confianza de aquel señor que me supo acoger con tanto cariño.
Ahora era yo el que animaba tanto a los trabajadores de la finca como a los amigos y familiares de Dº Félix, mi cante y mi sentido del humor me hizo ser conocido en aquel pueblo como “el nieto de la soltera“.
Estudios yo no tenía pero supe tomar todo lo que me brindaban aquellas personas que me podía servir para seguir siendo un hombre justo, cabal, prudente y respetuoso como mis padres y mi abuela me habían enseñado desde muy pequeño.
Como yo nunca había salido de mi pueblo nada mas que para ir a Siles y como la muerte de mi padre me libró de ir al servicio militar por ser hijo de viuda; no había conocido ninguna frontera de ciudad andaluza y de ninguna otra.
Una ilusión que siempre había tenido desde muy joven y que mi familia nunca pudieron hacérmela realidad, era visitar la capital del Santo Reino, Jaén.
Me contaban que había una iglesia muy grande que le llamaban catedral y que estaba la cara de Cristo guardada bajo siete llaves y que esa iglesia era tan grande como un pueblo y que había muchas mas, y curas ( que en mi pueblo solo hay uno) allí había un montón y que algunos vivían en un palacio donde estaba el que manda en todos los religiosos, el obispo, que lleva un anillo de oro en su dedo y las personas cuando pasan por su lado se arrodillan y le besan la mano.
También me contaban que había muchas calles y que no son de tierra y un sitio donde va la gente a comprar, que se llama mercado, los niños juegan en unos jardines muy cuidados que se llaman parques y que allí no se ve el campo ni el río ni la era y que las gallinas y los gallos no salen por las puertas de las casas (están guardadas y no se ven) me decían, que la ciudad está situada a las falda de las ruinas de un castillo, Castillo de Santa Catalina, cerca hay cuevas donde viven algunos gitanos que se dedican al cante y
a la venta de ganado. ..
Todo esto me ilusionaba conocerlo, pero lo que mas deseaba con todas mis fuerzas era ver a las mujeres de la capital ¿serían diferentes? Mi madre me había dicho que no eran tan decentes como las del pueblo y que vestían con ropas mas elegantes y de mas colorido…yo soñaba con conocer alguna mujer de la capital.
Un día a finales de los años cincuenta antes de marcharme de la finca de los señores para emigrar hacia Cataluña, recibí una noticia, tenía que ir a Jaén a acompañar a Dº Félix.
No dormí en varias noches hasta que llegó el día, salimos al amanecer, me puse una muda limpia y montamos en aquel coche del mulero que tenía un motor y unos asientos y podíamos subir cuatro personas, el aparato tenía ventanillas con unas correderas de madera, ¡aquello era asombroso! andaba a una velocidad de 20km/h. ¡y no necesitábamos bestias!
Tardamos siete horas en llegar a la capital llegamos a La puerta Barrera donde había una posada , hicimos aguas y tomamos algún alimento, el señor me tomó del brazo y me hizo salir con rapidez para dirigirnos algún sitio, eran las doce del medio día y teníamos prisa, allí había mucha gente por las calles, las mujeres no vestían de negro ni tenían mantos ni tocas ni chales como en mi pueblo, todas me parecían bellísimas y no veía ninguna fea, volvía la cara con ganas de decirle algún requiebro que me salía de las entrañas, pero no era capaz y menos con Dº Felix a mi vera, las casas eran altas hasta tres o cuatro pisos, los carros se movían con mucha sabiduría y hasta vi algunos coches con motor como el del mulero.
Atravesamos varias calles, pasamos por el mercado de abastos y me entusiasmé, nunca había visto aquellos pescados tan raros, nosotros solo veíamos los del río, ¡aquellas pescaderas vociferando ¡ ¡ que bonito era todo!
Yo disfrutaba tanto que parecía un niño con un chupón de caramelo; no podía quedarme retrasado, tenía que seguir a Dº Félix y no sabía adonde me llevaba; doblamos una esquina al salir del mercado ¡asombro! Unos grandes jardines unas grandes puertas de hierro, grandes balcones y una torreta con un gran reloj que marcaba la una de la tarde, era un palacio y allí vivía el Gobernador.
Entramos a un gran patio donde guardias de asalto saludaban al terrateniente con la mano en la gorra, parecía que todos conocían a mi señor; yo notaba que mi presencia asombraba a mas de uno, pero nadie dijo nada y después de subir una gran escalera y atravesar un ancho pasillo descubrí un policía que hacía guardia en una puerta muy alta y de muy buena madera, oí como invitó a Dº Félix entrar pues el gobernador lo esperaba.
La puerta se abrió y mis piernas no me respondían, delante de una mesa estaba Dº Felipe con los brazos cruzados que pronto separó para abrazar muy afectuosamente a mi acompañante, oí como decía mi nombre y me extendía la mano para saludarme, me costó trabajo dominar el temblor que tenía mi brazo para poder llegar a estrechar su mano, me incliné ante su presencia aunque él me levantó con muy buen talante, no pude articular palabra me ofreció algo de agua que yo acepte con un movimiento de cabeza afirmativo, bebí hasta vaciar el recipiente y permanecí firme mientras los dos señores conversaban amistosamente. Los minutos se hicieron eternos mientras yo con la vista curioseaba paredes, lámparas, cortinas y todas aquellas cosas que tanto había deseado ver en mis sueños y ahora las tenía ante mis ojos.
Me llamaron por dos veces hasta que percibí que me requerían a mi y que muy amablemente el gobernador me invitaba a pasar a una estancia donde unos guitarristas junto a unas bellas mujeres con ojos negros y pelo azabache se movían al ritmo de las guitarras que templaban un par de gitanos de tez morena y pantalones algo ajustados, al parecer esperaban al “cantaor” que comprendí que era el nieto de la soltera, YO.
III
Recordé aquella cortedad que desde niño tuviera, la rechacé y saque de muy dentro la fuerza del artista, fue mi voz la que tronó con un eco en aquel salón de techo alto, canté el mejor fandango dedicado a mi abuela “la sabia, la soltera” y aquellos individuos quedaron con la boca abierta mientras sus gitanas se movían al compás de mi cante sin dejar de hechizarme con sus miradas insinuantes.
Nunca había cantado con tanto sentimiento, yo mismo me admiré, al terminar hubo un silencio, no esperaban que una figura como la mía, pudiera hacerles vibrar dentro de sus entrañas.
A la media hora estábamos preparados para animar aquellas personas tan distinguidas ¡si mi madre o mi abuela me vieran! Ese era mi pensamiento mientras veíamos entrar señoras muy elegantes y caballeros impecables.
Canté, toqué palmas, las gitanas bailaron y los gitanos tocaron sus guitarras, nunca supe los comentarios que pudieron decir de mi físico pero estoy seguro que el interior de aquel público tan especial vibró al oír el sentimiento de aquel serrano que entre su cante, demostraba la calidad de un ser humano con unos valores inculcados por dos mujeres; mi madre y mi abuela
Cuando aquello terminó salí por donde vine pero envuelto en una nube de insatisfacción y de desprecio a aquella gente tan altiva y tan vacía de valores.
Recordé con nostalgia mi pueblo, las mujeres con sus tocas, las muchachas con su honra… y muy despacio fui hacia la posada por las calles solitarias de la capital
Por la mañana Dº Felix me agradeció en nombre de aquellas personalidades el buen rato que les hice pasar, él mismo me enseñó la catedral, vi, el Santo Rostro y hasta me enseñó el palacio del obispo, el castillo, las cuevas y alguna que otra iglesia, aquella madrugada volvimos en el coche del mulero hacia el pueblo, yo iba contento había conseguido cumplir mi deseo.
Ahora había que cumplir el siguiente deseo no ir a Cataluña y volver a mi comarca al pueblo a donde están los míos y mi casa y mis amigos y las mozas de las que yo me enamoraba pero que nunca me atrevía a decirles nada.
Han pasado muchos años, yo sigo siendo “el soltero” no emigré como muchos de mis amigos hicieron; a la muerte de Dº Felix me enteré que yo era su nieto y seguí viviendo en mi tierra entre olivos y pinos de la sierra en compañía de mis perros, mis gallinas que viven sueltas, mis cultivos…y con el sol y la luna que siempre me acompañan, me duermo oyendo el croar de las ranas, pues ahora soy yo el que las protege, en el pueblo no se comen ancas ,ni pajarillos…ni se cortan árboles.
Carlota se casó con uno de mis amigos pero nunca la olvidé y tuve mis fantasías en los sueños y disfruté a mi manera; a veces vienen sus hijos, que ya tienen nietos y me hacen preguntas de aquella época, pues ya ni Carlota ni el manigero viven.
Sigo siendo el mismo de siempre, amo a la naturaleza y respeto la sierra de Segura, donde están los mejores montes de la península por su facilidad de reproducción, sus paisajes, sus valles de la sierra, sus espesuras, sus gargantas, sus desfiladeros...son tan admirables que desde aquí se ve muy cerca la mano de su Creador.
Pocos años me quedan para cumplir un siglo y tengo poco tiempo para recordar y mirar mi vida, lo que ha sido y lo que pudo ser, no tuve hijos, fui “el soltero” y mi madre y mi abuela murieron orgullosas de tener el calor y la compañía de alguien que las había respetado y admirado y había tomado de ellas el amor a la vida y el respeto a la naturaleza y a todo lo que me rodea como esta sierra de Siles.
PILAR LAURA MARTÍNEZ DE LA PUERTA